LA MANO
SATÁNICA
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El ministerio de una “mano”
espiritual obra en la manifestación de cada uno de estos principios. Sobre el principio de la piedad obra la “mano”
divina, la cual consiste en un ministerio formado por apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores y maestros (Efesios 4:11). Sobre el principio de la iniquidad obra la
mano de Satanás, quien utiliza un duplicado de la “mano” divina en un
esfuerzo por cumplir también con sus objetivos. Desgraciadamente, son pocas las personas que
se dan cuenta de ello. Es hora,
pues, de poner al descubierto
la obra de la mano satánica. De acuerdo a la definición
del Diccionario Hispánico Universal,[1]
un misterio es“cualquier cosa
que no se puede comprender o explicar”.
El misterio de la piedad puede condensarse en unos cuantos versos
de las Escrituras y podemos comprenderlo mejor a medida que conocemos
más al Señor: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado
en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído
en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16). ¿Quién podría expresar, con
plenitud, la posibilidad maravillosa de que Dios se manifestase en la
humanidad? Lo más que podemos
hacer es meditar sobre la vida de Jesús y rendirnos a la maravillosa
obra de su Espíritu en nosotros. Jesús
no solamente ha sido “justificado en el Espíritu”, sino que Él es quien “…justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos
3:26). En Gálatas 1:15-16, se revela
este misterio en un lenguaje sencillo:
“Pero cuando agradó
a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por
su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que yo le predicase
entre los gentiles, no consulté en seguida con carne y sangre”.
(Subrayado por el autor.) Lo subrayado en estos versículos
nos ofrece una sinopsis del plan de Dios tras el misterio de la piedad.
Según este misterio, Dios se complace en manifestar a su Hijo
en nosotros. Pero, una vez que
hemos recibido esa revelación, ya no debemos “consultar con carne y
sangre” sobre la manera en que Dios ha elegido manifestar a su Hijo.
El Señor permite que algunos de sus hijos caminen por senderos
aparentemente más difíciles que los senderos de otros.
Debemos regocijarnos en la bendición de ser unos de aquellos
en quienes Dios se ha complacido para revelar a su Hijo, sin importar
el camino por el cual nos ha de llevar.
No tratemos de discutir con el Señor el camino en particular
que Él ha indicado para nosotros; tampoco comparemos
nuestro camino con el de otros que al parecer es más fácil que el nuestro. El misterio de la iniquidad
ha estado también en obra desde que Dios puso al Hombre en el Paraíso
Terrenal. En 2 Tesalonicenses
2:7, leemos lo siguiente: “Porque ya está en acción el misterio de la
iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a
su vez sea quitado de en medio”. Las
riendas que controlan a la iniquidad están perdiendo su fuerza, y en
este mismo momento parece como si Dios estuviese paulatinamente retirando
la protección que el Espíritu Santo ha mantenido contra la insidiosa
marea. El fin de esta era está sobre nosotros y las
aguas diluviales de una iniquidad desmandada siguen subiendo. Marcas
espirituales En Gálatas 6:17, Pablo escribió
lo siguiente: “De aquí en adelante nadie me cause molestias;
porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús”. Las marcas a las que Pablo se refiere en
este versículo quizá nos sugieran las cicatrices que Pablo llevaba en
su cuerpo. Aunque obviamente
él tenía muchas cicatrices y “marcas” debido a las palizas y malos tratos
que recibió en su vida, el significado de este versículo es más profundo. Tanto a esclavos como a soldados se les marcaba
frecuentemente con tatuajes o cortaduras para indicar quién era su dueño.
También los miembros de ciertos cultos paganos se marcaban sus
cuerpos como prueba de su devoción a dioses demoníacos. En este pasaje, sin embargo,
Pablo hace alusión a una dimensión diferente.
Cada uno lleva ciertas “marcas” en su persona o aura espiritual. (Antes de que se descarte al autor, por pensar
que es un fanático de la “Nueva Era”, veamos la definición del término
“aura”: “Irradiación luminosa de carácter paranormal que algunos individuos dicen
percibir alrededor de los cuerpos humanos, animales o vegetales”.[2]) El que tiene entendimiento de Dios puede
ver estas marcas e identificarlas fácilmente. Muchas veces, cuando vemos
a un creyente por primera vez, “sabemos” que él es creyente aun antes
de haberlo conocido. Hay un
“algo” que percibimos en esa persona, y ese “algo” es su aura espiritual. Otras veces, al entrar una persona a una habitación, tenemos la
fuerte sensación de que algo en el ambiente de esa habitación ha cambiado;
es como si una cierta presencia haya entrado con la persona. Eso es el aura. Otra ilustración sería el drogadicto
que busca quien le venda su dosis de droga. Al caminar por la calle, tal vez pueda reconocer
inmediatamente a un traficante de drogas, mientras que a otra persona
tal traficante le pase desapercibido.
¿Cómo se establece esa relación?
Algo se ha “visto” en el espíritu que identifica a uno con el
otro. De la misma manera, un traficante
de drogas puede fácilmente reconocer a un consumidor de drogas –y posible
cliente— sin nunca antes haberlo conocido. Un criminal puede identificar en la calle a un policía aun cuando
éste no lleve su uniforme, y viceversa.
¿Cómo se hace esa asociación?
Por medio del “aura” (a falta de un término mejor). Todos nosotros, ya sea que
hayamos sido renovados espiritualmente o no, tenemos marcas espirituales
que son invisibles al ojo natural y que se relacionan con nuestra aura. La persona que con frecuencia se cataloga como
discernidor de espíritus, puede dirigirse a un grupo de gente y “ver”
fácilmente algunos de sus rasgos caracterísiticos; rasgos tales como las huellas del pecado, abusos diversos y pureza o mezcla
de espíritu. Las marcas oscuras o negativas
en nuestra aura son como “banderas” que atraen a espíritus afines.
Estas marcas abren las puertas al enemigo y son puntos débiles
por donde éste puede tener acceso a nuestras vidas, manteniéndonos esclavos
de las tentaciones y de los defectos en nuestro carácter.
El enemigo obra con diligencia para que sus marcas permanezcan
en nosotros y poder así cumplir con sus propósitos. Las únicas “marcas” que como
creyentes hemos de llevar en nuestro espíritu son las marcas del Señor
Jesús. Debemos dejar que el
Espíritu Santo nos limpie completamente hasta que todo pensamiento,
todo deseo y todo llamado ilícito al pecado hayan sido quitados y se
encuentren bajo la sangre redentora de Jesús.
Demos gracias a Dios que, en respuesta a nuestra poderosa oración
de arrepentimiento, su sangre nos limpia de toda marca negativa. La
mano divina Como se mencionó antes, Dios
dió a la iglesia un ministerio quíntuplo “…a
fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la
edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad
de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a
la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12-13). La última frase puede interpretarse así: “Hasta que lleguemos al momento en nuestra
vida en que estemos llenos de Cristo”.
El ministerio de la mano divina tiene como fin el mantenernos
bajo la “marca” del Señor hasta que lleguemos a ser la expresión total
de la vida de Cristo. Cuando
esto se cumpla, se habrá entonces revelado casi completamente el misterio
de la divinidad. A continuación se explicará
brevemente la función que el ministerio de la mano divina tiene en la
iglesia. El ministerio apostólico
de una época dada es el fundamento sobre el cual se construye el cúmulo
de verdades que Dios provee para esa generación.
Dios ha ungido al ministerio apostólico para que revele los principios
de verdad al resto del ministerio, de manera que éste pueda preparar
a los santos en el cumplimiento de sus funciones.
Las verdades que Dios revela al ministerio apostólico son la
base de todo lo que Él está haciendo en la iglesia. (Aquí
se utiliza la palabra “iglesia” porque es necesario saber que nuestros
cimientos personales están en lo que Jesucristo hizo por nosotros.) Los ministros apostólicos son
padres espirituales, que, guiados por el Señor, pueden establecer nuevos
grupos y ayudarlos a alcanzar madurez espiritual. Los ministros apostólicos tienen la autoridad inherente de imponer
disciplina en la iglesia cada vez que sea necesario, así como la tiene
un padre natural. Y, como padre,
tiene el poder de moverse en cualquiera de los cinco ministerios según
se presente la necesidad. El ministerio profético es
un ministerio de inspiración que obra conjuntamente con el ministerio
apostólico. Sus desafíos fervientes
y llenos de visión nos llegan al alma y nos inspiran más que ningún
otro ministerio a tener fe y a ponerla por obra.
El profeta desea con vehemencia inspirar en los creyentes el
amor al Señor y confirmarles la palabra que Él les está dando en una situación particular.
Tal confirmación la da tanto por medio de la palabra oral, como
por sueños y visiones. Los evangelistas son los portadores
de las buenas nuevas de Jesucristo.
Es posible que el Señor guíe a algunos de sus hijos a lugares
distantes a cumplir con su llamado y ministerio, pero cada vez que alguien
comparte con otra persona sobre su necesidad de ser salvo, está ejerciendo
el ministerio de evangelista. Su
misión es la de plantar la buena semilla en corazones dispuestos a recibirla
y de prepararlos para las enseñanzas que posteriormente han de recibir
del ministerio de pastores y maestros. El ministerio pastoral está
“casado” con el rebaño de un lugar particular y lo cuida como su pastor. El pastor cuida con compasión a sus ovejas
y es responsable, junto con los ancianos, de gobernar a la iglesia local. (No todos los ancianos son pastores; sin embargo,
todos los pastores son ancianos.) El
pastor demuestra mucha preocupación por su rebaño y se ocupa en instruirlo
diariamente a fin de que alcance la plenitud de Cristo. El ministerio de maestro tiene
la unción de “desmenuzar” la palabra de revelación presentada por los
ministros apostólicos y de hacerla pertinente a situaciones de la vida
diaria. Por lo general el maestro
trabaja en estrecha relación con los pastores locales, pero también
puede ejercer su ministerio hasta cierto punto en calidad de ministro
viajante. En este estudio, hemos descrito
sólo superficialmente cada una de las funciones de los ministerios de
que se compone la mano divina. No
hay espacio aquí como para explicarlas en mayor detalle, ni tampoco
es tal el propósito de este artículo.
Estas características se han mencionado con la sola intención
de establecer una base para examinar la mano satánica. El
gran gigante En las Escrituras se hace mención
de un gigante que personifica el ministerio de la “mano” satánica. El enemigo usa este gigante para establecer
su marca negativa en nosotros y así poder llevar a cabo su plan. El texto aquí aludido se encuentra en dos libros
diferentes: 2 Samuel 21:15-22,
y 1 Crónicas 20:4-8. Para ahorrar
espacio se citará sólo la segunda escritura. “Después
de esto aconteció que se levantó guerra en Gezer contra los filisteos;
y Sibecai husatita mató a Sipai, de los descendientes de los gigantes;
y fueron humillados. Volvió
a levantarse guerra contra los filisteos; y Elhanán hijo de Jair mató
a Lahmi, hermano de Goliat geteo, el asta de cuya lanza era como un
rodillo de telar. “Y
volvió a haber guerra en Gat, donde había un hombre de grande estatura,
el cual tenía seis dedos en pies y manos, veinticuatro por todos; y
era descendiente de los gigantes. Este
hombre injurió a Israel, pero lo mató Jonatán, hijo de Simea hermano
de David. “Estos
eran descendientes de los gigantes en Gat, los cuales cayeron por mano
de David y de sus siervos”. El gigante que representa a
la mano satánica es el que tiene seis dedos en pies y manos. Sus veinticuatro dedos –el número veinticuatro
en las Escrituras equivale al sacerdocio— lo distinguen como aquel que
manifiesta la plenitud del hombre y la plenitud del sacerdocio satánico. Este gigante representa todo lo que es anticristo
y que se aparta del plan de Dios: es
la culminación de la naturaleza perversa de sus hermanos. Todavía podríamos decir más
de lo que esta familia de gigantes representa, sobre todo lo que el
significado de sus nombres nos revela.
También se podría explicar en más detalle el significado de los
nombres de aquellos hombres poderosos quienes los mataron.
En este estudio, sin embargo, sólo se mencionará el hecho de
que ellos representan a los “…principados,
potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y huestes espirituales
de maldad en las regiones celestiales” (Efesios 6:12) contra quienes
luchamos. El móvil principal de estos
gigantes se ve claramente expresado en el hermano de los seis dedos,
cuando injurió a Israel (versículo 7).
El vocablo “injuriar”
significa “afrentar, ultrajar con obras o palabras”. Si nos remitimos al Salmo 42:10, podremos entender
mejor la afrenta que el gigante trajo al pueblo de Israel: “Como
quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios?” Todo lo que Satanás utiliza
contra nosotros los creyentes se puede resumir en esa pregunta desafiante
que nos hace dudar si en verdad Dios nos ama y nos puede liberar. Con esa pregunta insinúa que Dios ha dejado
que por nuestros propios medios nos forjemos un camino en la vida y
más allá de esta vida. La manera
en que Satanás nos hace dudar de Dios es por medio de tentaciones, adversidades,
afrentas, malentendidos, persecusiones y circunstancias diversas (para
mencionar sólo algunos de sus campos de acción). Jonatán, cuyo nombre significa
“Jehová ha dado”, ¡mató al gigante insolente!
¡Bendito sea Dios por ello!
Aquí se nos brinda una imagen clara de Jehová, el Dios de pacto,
que puso a todos los usurpadores en manos de aquellos que tuvieron la
osadía de creer en Él y que se mantuvieron
firmes en su nombre poderoso. El gigante insolente de seis
dedos –y sin nombre— representa la plenitud de la naturaleza perversa
de sus hermanos y es un tipo del ministerio de la mano de seis dedos
que Satanás utiliza para introducir su imagen en la tierra. Con esa mano nos ha marcado para que seamos de él; pero demos gracias
a Dios que, por nuestro arrepentimiento y nuestra fe en la sangre que
Jesús derramó por nosotros, Él puede quitar esas marcas e incluso borrar
toda huella que hayan dejado. El
apóstol satánico El ministerio “apostólico”
de Satanás es un ministerio basado en la mentira. Así como el ministerio apostólico de Dios establece los fundamentos
de verdad para su pueblo, Satanás establece fundamentos de mentira. El Diccionario de la Real Academia Española[3]
define la mentira de esta manera: “Expresión o manifestación contraria a lo que
se sabe, cree o piensa”. Las Escrituras nos dicen que
no debemos mentir, pues toda mentira va en contra de la naturaleza de
Dios. A continuación veamos
algunas de esas citas: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo
20:16); “por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad
cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”
(Efesios
4:25); “Dios no es hombre, para que
mienta, …él dijo, ¿y no hará? Habló,
¿y no lo ejecutará?” (Números 23:19); “…es
imposible que Dios mienta…” (Hebreos 6:18). La mentira que Satanás utiliza
para engañarnos es la de que podemos vivir como nos plazca, pues al
final todo va a salir bien. Satanás
nos hace creer que, aunque Dios indique lo contrario, el amor que Él
tiene por nosotros aceptará a fin de cuentas que vivamos en desobediencia
a su palabra. Este ha sido su
ardid desde el día en que engañó a Eva diciéndole:
“…no moriréis” (Génesis 3:4). Del diablo, Jesús dijo
lo siguiente: “…ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido
en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre
de mentira” (Juan 8:44). Nosotros tenemos
que reconocer que todo lo que el diablo dice es mentira y se basa en
LA gran mentira. Cuando la Biblia
dice que el diablo “habla mentira” se debe interpretar como que “habla
la mentira”. Al llamar al diablo el “padre
de mentira”, Jesús se estaba refiriendo a que su “ministerio de padre”
era, si no la mentira misma, al menos un espíritu de mentira. La mentira que con tanto éxito Satanás ha usado
a través de los tiempos, ha sido aquella de que “no moriremos” a pesar
de nuestra desobediencia a su palabra.
Para “presentar” la mentira a las masas, Satanás se ha concentrado
en dos principios básicos. Uno
de estos principios es el de quitar o añadir algo a la palabra de Dios. En Proverbios 30:5-6, se nos
habla de este principio: Toda palabra de Dios es limpia... No añadas a sus palabras, para que no te reprenda,
y seas hallado mentiroso”. En
Apocalipsis 22:19, se nos advierte sobre las consecuencias de tan siquiera
omitir cualquiera de las palabras escritas por Dios: “Y si alguno quitare de las
palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro
de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en
este libro”. Una advertencia aún más fuerte
sobre no adulterar la palabra de Dios se nos da en Deuteronomio 29:19-20:
“…y suceda que al oír las palabras de esta maldición, él se bendiga en
su corazón, diciendo: Tendré
paz, aunque ande en la dureza de mi corazón...
No querrá Jehová perdonarlo, sino que entonces humeará la ira
de Jehová y su celo sobre el tal hombre, y se asentará sobre él toda
maldición escrita en este libro, y Jehová honrará su nombre de debajo
del cielo”. Estas escrituras –como muchas
otras— muestran que la razón principal por la cual Satanás quiere que
aceptemos la palabra de Dios en forma adulterada, es para que así abdiquemos
a nuestro derecho de recibir la bendición de Dios y su eterna recompensa. Él sabe muy bien que “…los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo
aquel que ama y hace mentira” (Apocalipsis 22:15) no podrán entrar
en la ciudad santa. El otro principio que usa Satanás
para presentar la mentira se revela en Ezequiel 13:22, donde el Señor
repudió las sutiles palabras de los falsos profetas: “Por cuanto entristecisteis
con mentiras el corazón del justo, al cual yo no entristecí, y fortalecisteis
las manos del impío, para que no se apartase de su mal camino, infundiéndole
ánimo”. A pesar de que Satanás
mora en todo lo que es muerte, ¡a él le gusta prometer vida a sus víctimas! Esta es LA GRAN MENTIRA de que se nos habla
en las Escrituras y que podemos confirmar en la experiencia humana. Las Escrituras ilustran claramente
lo que Dios piensa del mentiroso. En
Salmos 58:3, Dios dice que los impíos se apartaron desde la matriz y
hablaron mentira desde que nacieron.
Y en Proverbios 10:18 y 12:22, nos dice que el mentiroso es necio
y que los labios mentirosos son abominación a Jehová. ¿Qué hace que seamos mentirosos
ante los ojos de Dios? En Salmos
78:36-37, se nos dice que los mentirosos lisonjean a Dios con su boca
pero sus corazones no son rectos con Él. En 1 Juan 2:4, vemos que aquel que declara conocerle pero que no
guarda su palabra, el tal es mentiroso y la verdad no está en él. Más adelante, Juan nos dice que si declaramos
amar al Señor pero aborrecemos a nuestro hermano, también eso nos hace
mentirosos (1 Juan 4:20). Una de las reprensiones más
fuertes de las Escrituras –y para algunos, quizá, la que les llega más
al alma— se encuentra en 1 Juan 2:22:
“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega
que Jesús es el Cristo? Éste es anticristo,
el que niega al Padre y al Hijo”. Uno diría: “Por supuesto que eso no se refiere a mí, pues
yo nunca negaría que Jesús es el Cristo”.
El Diccionario de la Real Academia Española nos da la siguiente
definición de la palabra “negar”:[4] “Decir
que algo no existe, no es verdad, o no es como otro cree o afirma”. En lenguaje sencillo, esto significa que cada
vez que no aceptamos que Cristo nos libere de la tentación (1
Corintios 10:13), le estamos negando y nos estamos volviendo anticristos. Esto no solamente nos hace mentirosos, sino
que contradice el pacto que declaramos haber aceptado. Aunque se podría decir más
acerca del mentir y de la influencia que este ministerio apostólico
de Satanás ejerce en nuestras vidas, baste decir, ahora, que ya se nos
ha advertido sobre la proliferación de doctrinas de demonios en los
últimos tiempos (1
Timoteo 4: 1-2). Las Escrituras nos advierten
que, si no tenemos un amor ferviente por la verdad, Dios mismo nos enviará
una falsa ilusión para que creamos la mentira de que no importa que
nos gozemos en la iniquidad, pues al final todo va a terminar bien (2 Tesalonicenses
2:10-12). Mientras que todavía creamos
la mentira o seamos propensos a mentir, tendremos la marca de la mano
satánica. Si tal es nuestra
situación, arrepintámonos y unámonos a David en esta su súplica: “Aparta de mí el camino de
la mentira, y en tu misericordia concédeme tu ley. Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de
mí” (Salmos 119:29-30). El
profeta satánico El ministerio profético de
Satanás se distingue por un espíritu de codicia. Este espíritu nos incita a desear lo que no tenemos, y para ello
nos muestra todo aquello que podríamos poseer si tan sólo desobedeciéramos
un poco la palabra de Dios. La definición del término “codicia”
de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española[5]
es la siguiente: “Afán excesivo de riquezas. Deseo
vehemente de algunas cosas buenas”. La codicia es el resultado de un egoísmo avaricioso y de un
desacato arrogante de la palabra del Señor. No hay nada malo en desear
fervientemente lo que Dios ha provisto para nosotros (1 Corintios
12:31; 14:39; Filipenses 3:14, etc.). La codicia
es perjudicial cuando nos impulsa a desear lo que Dios no nos ha dado. Desear de esa manera no es bueno porque sugiere
que Dios nos ha mentido al decirnos que todas las cosas que
pertenecen a la vida y a la piedad ya nos han sido dadas (2 Pedro 1:3), y que
todo lo que necesitamos para que revele a su Hijo en nosotros también
nos ha sido dado. El apóstol Pablo dice que el
haberse enfrentado seriamente a la codicia le dio la revelación de lo
que verdaderamente era el pecado (Romanos 7:7). Al principio, la codicia se
concentra en incitar en nosotros un deseo por obtener lo que creemos
que nos hace falta; después procura llevar a cabo el cumplimiento de
ese deseo por su propia cuenta. Satanás
usó satisfactoriamente este espíritu contra Eva cuando ingeniosamente
le sugirió que Dios no le había dado toda la sabiduría que ella necesitaba. Una vez que Eva se dio cuenta de su deficiencia,
el deseo se apoderó de ella, y ya sabemos el resto de la historia. No hay mayor afrenta hacia
Dios que la codicia, pues ésta declara abiertamente que Dios no nos
ha provisto de todo lo que necesitamos en la vida, desafiando así la
misma integridad de la naturaleza de Dios como Creador y Padre.
Nos insinúa que Dios es un tirano egoísta que no le da a su pueblo
sino lo más indispensable y a quien le preocupa más satisfacer su propia
necesidad que las necesidades de su creación. En los Diez Mandamientos (Éxodo
20:17) Dios condena la
codicia. Aunque el malo bendice
al codicioso, Dios lo desprecia (Salmos 10:3). Dios dice que todo aquel que sigue la avaricia es engañado, “…desde el más chico de ellos hasta el más
grande… desde el profeta hasta el sacerdote” (Jeremías 6:13). La codicia precipitó la caída
del hombre, la ruina de Acán, la lepra de Giezi (Génesis
3:6; Josué 7:20-25; 2 Reyes 5:20-27); también dio lugar a que los enemigos del Señor
blasfemasen (2 Samuel 12:14), siendo estos tan sólo algunos de los innumerables ejemplos
que hay sobre el tema. Jesús les decía a sus discípulos
que la codicia –al igual que los malos pensamientos, los adulterios,
las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las maldades, el engaño,
la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia y la insensatez—,
sale del corazón del hombre y lo contamina (Marcos 7:20-23). También los reprendió con firmeza, diciendo: “Mirad, y guardaos de toda
avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de
los bienes que posee” (Lucas 12:15). En 2 Timoteo 3:1-5, dice lo
siguiente: “…que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos” porque “habrá hombres amadores de sí mismos” que serán “avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos… aborrecedores de lo bueno”.
Y esto no sólo se refiere a las personas del mundo, pues se las
puede encontrar también en la iglesia:
con “apariencia de verdad,
pero [que]
negarán la eficacia de ella...” El Nuevo Testamento toma una
postura bastante fuerte sobre la manera en que la iglesia debe tratar
a los hermanos codiciosos. Nos
dice que no debemos “comer” con ellos porque viven en engaño y por tanto
no heredarán el reino de Dios. Pablo
le advirtió a la iglesia del siglo primero que no sólo evitase asociarse
con tales hermanos, sino que incluso los echase de la iglesia con la
esperanza de que recapacitaran y se arrepintiesen (1 Corintios 5:10-13; 6:9-10; Efesios
5:37). ¿Cuántas iglesias hoy en día continuarían siendo
las iglesias “más prósperas” de su pueblo si practicasen en verdad esa
disciplina tan necesaria? ¿Por qué esa postura tan fuerte
en contra de la codicia? En
Colosenses 3:5, encontramos la respuesta:
“Haced morir, pues, lo
terrenal en vosotros: fornicación,
impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es
idolatría”. (Énfasis del autor.) Reflexionemos sobre esto:
¡La codicia para Dios es idolatría!
Si permitimos que la codicia reine en nuestros corazones es como
si tallásemos una imagen y nos arrodillásemos ante ella llamándola ¡nuestro
Dios! Para Dios esa blasfemia viene a ser lo mismo que la codicia. Por tanto no es de extrañar que el diablo maneje
a las masas con los anhelos de la avaricia. Si todavía vemos las marcas
del ministerio satánico en nuestras vidas, apartémonos de él, arrepintámonos
y acudamos a la sangre que derramó Jesús por nosotros para que nos limpie. Tengamos confianza en que “Cercano está Jehová a todos los que le invocan,
a todos los que le invocan de veras.
Cumplirá el deseo de los que le temen; oirá asimismo el clamor
de ellos, y los salvará” (Salmos 145:18-19). La
conciencia de que algo nos hace falta En Hebreos 13:5, se nos da
el antídoto contra la codicia: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos
con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Si el Señor nos prometió que
nunca nos abandonaría quiere decir que ¡ya tenemos todo lo que habremos
de necesitar en nuestra vida! No
necesitamos desear nada más puesto que Él ya nos ha dado todas las
cosas que pertenecen a la vida y a la piedad (2 Pedro 1:3;
1 Corintios 3:21-22). Y porque en Él estamos completos
(Colosonses 2:10) no tenemos ningún vacío que necesite ser llenado. Hay un principio que puede
cambiar nuestra perspectiva de la vida, si es que podemos entenderlo: La conciencia de que algo nos hace falta
es la raíz de todos los males.
Al principio tal vez no nos demos cuenta del impacto de esta
aseveración y quizá hasta dudemos de su veracidad.
Uno podría incluso argüir de esta manera:
“¿Pero qué las Escrituras no nos dicen que la raíz de todos los
males es el amor al dinero?” (1 Timoteo 6:10).
Sí; pero no hay nada que nos haga amar más el dinero que nuestra propia
conciencia de que lo necesitamos. Si en Cristo estamos completos,
ya no necesitamos nada más. No
es posible que nos falte algo cuando se supone que lo tenemos todo. Tenemos que admitir que somos ya sea lo que Dios dice que somos,
o somos lo que nosotros juzgamos ser.
Si en Él estamos completos, no necesitamos que se añada nada
a lo que ya somos –¡o a lo que ya tenemos! Este principio lo vemos ilustrado
por primera vez en la tentación del Paraíso Terrenal. Satanás hizo que Eva codiciase la sabiduría
insinuándole que el Señor simplemente no se la había otorgado. Si ella hubiese permanecido en comunión con
su Creador, se habría percatado del libre acceso que ella tenía a toda
la sabiduría del universo y de que no había nada más que se necesitase
añadir a lo que Él ya le había
dado. Mas cuando vio que el
árbol de la ciencia del bien y del mal era bueno para comer, determinó
que éste “…era codiciable para alcanzar la sabiduría”
(Génesis
3:6) entonces
tomó de su fruto y comió. Nosotros tendemos a justificar
nuestra reacción negativa hacia el prójimo en relación directa a lo
que creemos que nos hace falta. Tal
vez pensemos de esta manera: “Esas
personas no me respetan como se debe; no debieron decir lo que dijeron;
merezco algo mejor que lo que me dan”.
Cuando llegamos a la conclusión de que no hemos recibido lo que
debería ser nuestro, estamos justificando nuestros malos pensamientos,
actitudes y obras hacia los demás. Mas si estamos completos en
Cristo y tenemos la perspectiva de que Él es todo lo que jamás necesitaremos,
¿qué más nos hace falta? Si
nuestro prójimo nos hace un desaire, ese es problema suyo y no nuestro. Si confiamos en la integridad de Dios y recordamos
que Él no quitará el bien a aquellos que le aman y que andan en integridad
(Salmos 84:11), no habrá lugar en nuestro corazón
para desear lo que no tenemos; no habrá nada que codiciar.
Por tanto, la raíz de todos los males es la conciencia de que
algo nos hace falta. El
evangelista satánico El “evangelista satánico” se
manifiesta en un espíritu de temor.
Si este espíritu logra penetrar en nosotros, nos preparará para
que recibamos las enseñanzas de sus “colegas en el ministerio”, de la
misma manera en que un evangelista de Dios prepara nuestros corazones
para que más tarde otros ministros, también de Dios, influyan espiritualmente
en nosotros. El temor, de acuerdo a la definición
que nos da el Diccionario de la Real Academia Española[6],
es lo siguiente: “Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar las cosas que se consideran
dañosas, arriesgadas o peligrosas”.
Aunque uno no esté bien informado de todo lo que pasa en el mundo
de la actualidad, no es difícil darse cuenta de que el temor ha penetrado
ya todos los aspectos de la sociedad de cada país.
Ya no se siente uno seguro en las calles de ninguna ciudad, pues,
sin lugar a dudas, la sociedad –cuyos cimientos se han ido deteriorando—
se ha debilitado de tal manera, que no hay mucho en ella que se pueda
considerar estable o digno de confianza.
La falta de piedad y un implacable egoísmo han penetrado el aire
mismo que respiramos, haciéndonos presentir nuestra vulnerabilidad. Muchas personas están bastante
familiarizadas con el sentimiento del temor, pues éste ha afectado la
vida del hombre desde que Adán y Eva “…se
escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”
(Génesis
3: 8-10) por causa de su pecado. El temor
es un sentimiento cruel y exasperante que les roba la paz a todos los
que caen bajo su sombra. También
tormenta la mente y el espíritu de sus víctimas y con frecuencia las
inmoviliza llevándolas a una paranoia total.
Pero demos gracias a Dios que “en
el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor…”
(1
Juan 4:18). Satanás se vale de muchos ardides
para lograr que la gente reciba en su corazón a este “evangelista”.
Las películas de horror gráfico y la descarga constante de violencia
en la televisión son algunos de sus ardides favoritos.
Los noticieros diarios sobre actividades del terrorismo mundial,
junto con comentarios tales como: “esto
podría pasar en nuestra propia ciudad”, son otros de sus ardides.
Robos residenciales, asaltos arbitrarios contra ancianos y otras
víctimas inocentes y una actitud generalizada de que “la vida no vale
nada” –alimentada con la demanda creciente de abortos y la creencia
en un “morir con dignidad”—, contribuyen a hacernos sentir más vulnerables. Otro aspecto en el terreno
del temor es el miedo a los hombres.
Hay tanta gente que se encuentra incapacitada mental y espiritualmente
–sobre todo en la iglesia— por el miedo a qué dirán de ella los demás
o por el temor a ser juzgados de acuerdo a la directriz moral del grupo
con el cual se reúnen. No se
atreven a utilizar sus dones y a seguir su llamado espiritual por causa
de un temor que no es de Dios y de una necesidad excesiva de ser aprobados
por los demás. Hay tantas exhortaciones, profecías, visiones
y otras funciones espirituales que nuncan llegan a desarrollarse debido
a las restricciones martirizantes y amedrentadoras del temor. Las Escrituras nos dicen que “el temor del hombre pondrá lazo; mas el que
confía en Jehová será exaltado” (Proverbios 29:25). También se nos dice lo siguiente:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía [timidez], sino de poder, de amor y
de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). No hay más que estar de acuerdo con la escritura que dice: “Todo
lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses
4:13), y confiar en que
Él es capaz de
guardar lo que le hemos entregado (2 Timoteo 1:12). Jesús dijo que no deberíamos temer a los hombres, los cuales sólo “…matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar;
temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el
infierno” (Mateo 10:28). Tampoco debemos dejar que el
enemigo nos intimide (Filipenses 1:28).
A nosotros, como cristianos, se nos ha dado poder sobre espíritus demoníacos
y sobre cualquiera de sus ardides contra nosotros. Debemos confiar en el Señor y armarnos de valor
al leer el texto de Isaías 54:17, el cual nos dice: “Ninguna
arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante
contra ti en juicio. Esta es
la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá dijo
Jehová”. Podríamos citar varios ejemplos
en las Escrituras que nos ayudarían a ver con más claridad el efecto
que la fuerza amedrentadora y debilitante del temor tiene sobre los
hombres. Bástenos decir ahora
que, si aún se apoderan de nosotros los temores, ya sea física o espiritualmente,
significa que todavía tenemos la marca del evangelista satánico. Este “ministerio” nunca obra solo o como un
fin en sí mismo. Su objetivo
es siempre el de exponernos a otras influencias espirituales que han
de estancar nuestro caminar en Cristo y nuestro ministerio en el Espíritu
Santo. El temor nos va a acorralar con una perspectiva
errónea de Dios, con el desánimo (pérdida de valor) y con el pecado,
a la vez que tratará de deshonrar nuestro testimonio de la gracia de
Dios. Cada vez que nos sintamos esclavizados
por el temor, arrepintámonos de nuestros pecados y permitamos que el
Espíritu Santo nos brinde la misma seguridad que le dio a David cuando
dijo: “Jehová
es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?
Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos,
mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron
y cayeron. “Aunque
un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí
se levante guerra, yo estaré confiado.
Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en
la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura
de Jehová, y para inquirir en su templo. “Porque
él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en
lo reservado de su morada; sobre un roca me pondrá en alto” (Salmos
27:1-5). Dios nos librará de todo temor
si hacemos como David, que, en medio de las vicisitudes que peligraban
su vida, buscó a Dios: “Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de
todos mis temores” (Salmos 34:4). El
pastor satánico El ministerio “pastoral” satánico
se caracteriza por un espíritu de odio.
Este espíritu cavila sobre las masas de la humanidad y trabaja
constantemente para producir la imagen de Satanás en aquellos a quienes
logra tocar. Aunque este espíritu
aborrece todo lo que está relacionado con la piedad, con frecuencia
se disfraza de ella para no descubrir el odio que lleva adentro. La definición de “odio” de
acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española es la siguiente:[7] “Antipatía y aversión hacia alguna cosa
o persona cuyo mal se desea”. En
las Escrituras, la palabra odio puede también significar “amar menos”. Jesús la utilizó en este sentido cuando les
dijo a sus discípulos: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre,
y madre, mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun su propia vida,
no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:26).
Con esto no quiso decir que tanto ellos como nosotros deberíamos despreciar
a nuestra familia para poder ser sus fervientes discípulos, sino que
no deberíamos dar mayor prioridad al amor por nuestros parientes naturales
que a nuestro amor por Él. Es el odio, con frecuencia,
el que se encarga de maquinar las envidias, las frustraciones, las hostilidades,
la repugnancia, la ira y los actos violentos. El odio nos puede causar la muerte por no conducir
a más alta velocidad en la autopista o por no responder inmediatamente
al cambio de luz del semáforo. El
odio nos puede hacer que guardemos rencores, que nos deterioremos espiritualmente
por nuestra renuencia a perdonar, que levantemos falsos testimonios
y que ocultamente deseemos la muerte de alguien. Las Escrituras nos advierten
que no debemos aborrecer a nuestros hermanos en nuestro corazón (Levítico
19:17). En 1 Juan 3:15, leemos lo siguiente:
“Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún
homicida tiene vida eterna permanente en él”.
Este versículo nos muestra las intenciones del ministerio
pastoral satánico de impedir que recibamos nuestra herencia. Por tanto “…para que Satanás
no gane ventaja alguna sobre nosotros”; no ignoremos “sus maquinaciones” (2
Corintios 2:11). El odio es una pasión violenta
(Salmos 25:19):
despierta rencillas;
devuelve mal por bien y odio por amor; pelea sin causa (Proverbios
10:12; Salmos 109:3-5). “El que odia disimula con sus labios; mas en su interior
maquina engaño. Cuando hablare
amigablemente, no le creas; porque siete abominaciones hay en su corazón. Aunque su odio se cubra con disimulo, su maldad
será descubierta en la congregación” (Proverbios
26: 24-26). El odio muchas veces se alimenta
de la envidia. Una vez que su
deseo ha sido satisfecho, y puesto que carece de escrúpulos, se deshace
de las mismas personas en las cuales había concentrado su atención. El pasaje en Génesis 37, que habla de las obras
de maldad cometidas contra José por sus propios hermanos, nos revela
un odio que va aumentando poco a poco hasta “madurar” en un odio más
malvado. “Y
viendo sus hermanos que su padre lo amaba más que a todos sus hermanos,
le aborrecían” (Génesis 37:4).
Y “llegaron a aborrecerle más todavía” cuando
el Señor le dio a José dos sueños sobre el plan que Él tenía para su vida (versículo
5). Al darse cuenta sus hermanos
de lo que esos sueños significaban, su odio se encendió de envidia (versículo
11). Poco tiempo después “…conspiraron contra él para matarle”; pero
luego, cambiando de parecer, decidieron venderlo a los mercaderes madianitas
para así no tener que encubrir su muerte ¡y además recibir ganancia!
(versículos
18-28). Más tarde trajeron la túnica
de José a su padre y, tratando de encubrir su acto despiadado con una
mentira, dijeron: “Esto hemos hallado; reconoce ahora si es la túnica de tu hijo, o no”
(versículo
32). Como podemos ver en este ejemplo,
la envidia y los malentendidos no sólo son capaces de conducirnos hacia
el odio, sino que además lo alimentan.
Y a medida que el odio va aumentando nos lleva a cometer actos
que son típicos de todo acto motivado por el odio.
Éste es el resultado de la influencia de carácter progresivo del “pastor”
satánico. El odio proviene de la naturaleza
carnal; es una emoción de la cual todos nosotros nos debemos guardar
(Gálatas
5:19-21). Nadie está exento de caer bajo
su influencia sutil, a menos que haya aprendido a andar en el Espíritu
y a no satisfacer los deseos de la carne (Gálatas 5:16). Si alguien es atormentado de
continuo con pensamientos cargados de odio que lo mueven a actuar en
contra de su prójimo, no se desanime.
Sus marcas satánicas pueden ser quitadas “…por
el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo,
el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador”
(Tito
3:3-7). Este lavamiento no se limita
a nuestra regeneración inicial sino que sigue actuando en nosotros para
renovar todos los aspectos de nuestra vida. El
maestro satánico El “maestro” satánico se caracteriza
por un espíritu de iniquidad y obra en conjunto con el espíritu “pastoral”
de odio. Para entender más claramente
cómo funciona este “ministerio” necesitamos ver nuevamente su definición.
Iniquidad significa “desviarse de lo que es recto o justo” y
puede manifestarse de diversas maneras. Una de ellas es la anarquía, que, por ser una
afrenta a la ley de Dios, viene a ser también una de las formas de la
iniquidad. Las Escrituras nos dicen que
en los postreros tiempos muchos tropezarán y se entregarán unos a otros
y unos a otros se aborrecerán. Esto
a su vez los expondrá al peligro de caer bajo la influencia de falsos
profetas por medio de los cuales serán engañados.
Y luego “…por haberse multiplicado la maldad, el amor
de muchos se enfriará” (Mateo 24:10-12). En 2 Timoteo 4:3-4, dice: “…vendrá
tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón
de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,
y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas”. Los que apartan su oído de
la verdad y se vuelven a las fábulas manifiestan una desviación cada
vez mayor de las reglas morales y una falta de respeto a todo tipo de
ley, lo cual nos indica cuán efectiva es la obra del espíritu de iniquidad. Este espíritu se aprovecha de puntos que no
son muy claros en los senderos de la verdad y de la responsabilidad,
para distorsionarlos. Luego
se los enseña a aquellos que están bajo su hechizo.
La constante demanda de portavoces falsos por grupos que abogan
por “derechos especiales” que los libren de toda responsabilidad, así
como todo ese rollo conformista de los arquitectos ateos de la sociedad
que toman posiciones neutras para no ofender a nadie, son clara evidencia
de qué tan afianzada está la iniquidad en la sociedad actual.
¿Podrá una persona en su sano juicio dudar que ya estamos en
los postreros tiempos? Nuestro Dios es santo e inmutable:
“Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus
caminos son rectitud; Dios de verdad y sin ninguna iniquidad en él;
es justo y recto” (Deuteronomio 32:4). En Habacuc 1:13, dice así: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni
puedes ver el agravio…” El espíritu de iniquidad sabe
que Dios es santo y que se aparta completamente de cualquier forma del
mal, por eso nos quiere mantener marcados con todo aquello que no es
recto delante del Señor. Él sabe que si
logra hacernos contemplar la iniquidad en nuestro corazón, el Señor
no escuchará nuestras oraciones (Salmos 66:18), ya que Él aborrece a todos
los que hacen iniquidad y no se complace en la maldad (Salmos
5: 4-5). El enemigo conoce también el
principio expresado en Isaías 59:2, que dice:
“Pero vuestras iniquidades
han hecho división entre vosotros y nuestro Dios, y vuestros pecados
han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”.
Sabiendo que Dios se complace en hacer el bien a sus hijos,
la experiencia le ha enseñado al enemigo que “…vuestras
iniquidades han estorbado estas cosas, y vuestros pecados apartaron
de vosotros el bien” (Jeremías 5:25). Un ejemplo muy claro sobre
este principio se encuentra en Números, del capítulo veintidós al veinticinco,
donde Balac contrató a Balaam para que maldijese al pueblo de Israel. Tres veces trató el renegado profeta de maldecir
a Israel, y tres veces volvió Dios la maldición en bendición. Y para no desaprovechar la oportunidad de recibir
una recompensa, Balaam aconsejó a los moabitas que tentasen a Israel
para que éste fornicase con las rameras del templo. El consejo tuvo éxito y Dios, que anteriormente había convertido
la maldición en bendición, envió una plaga que mató a veinticuatro mil
israelitas. ¿Y por qué hizo Dios esto?
Porque la iniquidad de los hijos de Israel había enfurecido al
Señor de tal manera, que tuvo que retener su bendición.
Les envió la plaga con la esperanza de que reconociesen lo equivocado
de sus caminos y se arrepintiesen. Definiciones
de iniquidad |