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por Eli Miller
Observando un desfile entre la multitud,
se encontraba un padre con su hijo peque�o.� Al no poder ver lo que suced�a debido a su punto de vista limitado,
el ni�o tir� de la pierna del pantal�n de su� padre y le pidi� que lo levantase para poder
ver mejor.� Con mucha ternura,
el padre se inclin� a levantar a su hijo para que estuviese al mismo nivel de perspectiva que
el suyo.
Tal muestra de bondad de padre a hijo
es una ilustraci�n de lo que significa la gracia.�
Con frecuencia, la gracia ha sido definida como un �favor inmerecido� o como �las riquezas de Dios a costa de Cristo�.�
Mas ninguna de estas definiciones nos conduce al verdadero
significado de la gracia, seg�n es presentada en las Escrituras.
La
palabra del Antiguo Testamento traducida como �gracia� es CHEN, que significa
�tener piedad; ser misericordioso�.� �CHEN
deriva de la ra�z hebrea CHANNON, que quiere decir �inclinarse
(o humillarse) con bondad hacia un inferior�.� CHARIS es el vocablo griego que se traduce como� �gracia� en el Nuevo Testamento; significa �benignidad� y puede ser utilizada literal,
figurativa o espiritualmente.� Cuando
se le usa espiritualmente su significado es:� �la
influencia divina en el coraz�n y su reflejo en la vida�.� Tomando en consideraci�n estas definiciones,
logramos, finalmente, definir la palabra gracia como �ayuda divina�.
En
Proverbios 3:34, Santiago 4:16 y I de Pedro 5:5, se nos habla de c�mo
el Se�or resiste a los soberbios y da gracia a los humildes.�
Estos versos describen la actitud que hemos de tener para poder
aprovechar plenamente la asistencia divina que tenemos a nuestra disposici�n.
El
don de la gracia
No� es el primer personaje �mencionado
en las Escrituras� que recibi� gracia.�
(Aunque obviamente hubo otros que la recibieron antes, este es
el primer testimonio de c�mo afecta la gracia a quien la recibe.)� La maldad se hab�a extendido tanto en la tierra,
que el Se�or estaba a punto de traer juicio.� �Y dijo Jehov�: � Raer� de
sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado, desde el hombre
hasta la bestia, y hasta el reptil y las aves del cielo; pues me arrepiento
de haberlos hecho�.� Pero No� hall�
gracia ante los ojos de Jehov� (G�nesis
6:7-8) [1].
No� hall� gracia en medio de la maldad
e iniquidad que lo rodeaban.� Aunque
�l sab�a que no pod�a cambiar las circunstancias del mundo en que viv�a,
cuando recibi� gracia del Se�or, No� encontr� en �l un apoyo y una fortaleza
que nunca antes hab�a conocido.� Y
el haber respondido a esta gracia le permiti� construir un arca y as�
salvar a su familia del juicio que se avecinaba.
Las
Escrituras documentan que muchos individuos �naciones inclusive��
hallaron gracia durante el per�odo del Antiguo Testamento.� A continuaci�n mencionaremos algunos:� Abraham hall� gracia y la promesa de Dios le
fue asegurada (G�nesis 18:3-14); Lot hall� gracia
y �sta le salv� la vida (G�nesis 19:19); Jacobo
trat� de comprar gracia de su hermano Esa� (G�nesis 33:8-11).�
Mientras se encontraba en la c�rcel, Jos� hall� gracia y fue prosperado
en una situaci�n de la cual �l no ten�a control (G�nesis
39:21-23); el pueblo de Israel hall� gracia y los egipcios los
hecharon de su tierra con recompensa por los a�os de esclavitud
(�xodo 12:36); Mois�s hall� gracia en el desierto y el Se�or anduvo
con �l (�xodo 33:12-17).�
En el Nuevo Testamento, Mar�a hall� gracia y concibi� un hijo por
obra del Esp�ritu Santo (Lucas 1:30-31).
En el Antiguo Testamento, puede transcurrir
toda una generaci�n �o tal vez m�s� sin que hallemos testimonio de alguien
que haya recibido gracia de Dios.� Pero
cuando llegamos al Nuevo Testamento, esa limitaci�n cambia y se cumple
la escritura que dice:� �Y� derramar�
sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusal�n, esp�ritu de
gracia y de oraci�n...� (Zacar�as
12:10).
Nosotros
tenemos el privilegio de vivir en una �poca en que el esp�ritu de gracia
est� a la disposici�n de todos aquellos que se humillan para procurarla.�
Como dice en Zacar�as 4:7:� �...�l
sacar� la primera piedra del monte del Se�or con aclamaciones de:
Gracia, gracia a ella�.
Gracia
y verdad
�Y aquel Verbo fue hecho carne,
y habit� entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unig�nito� del Padre), lleno de gracia y de verdad.�
Juan dio testimonio de �l, y clam� diciendo:�
Este es de quien yo dec�a:� El que viene despu�s de m�, es antes de m�;
porque era primero que yo.� Porque
de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.�
Pues la ley por medio de Mois�s fue dada, pero la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo�.� (Juan
1:14-17)
Aqu� hay que observar que tanto la
gracia como la verdad vienen de Jesucristo.�
La �nica forma en que podemos entender la gracia y ser beneficiados
por ella es si la unimos a la verdad.�
Si no unimos estas dos cualidades, nuestro entendimiento de la
gracia tender� a deslizarse hacia el libertinaje.�
Por otra parte, la verdad puede resultar dura y asoladora a quien
la recibe sin la gracia.
Estos
dos extremos pueden verse claramente entre los cristianos.�
Algunos ven todo o blanco o negro y piensan que la verdad es un
garrote para esgrimirse.�� Luchan
con condenaci�n porque tienen un entendimiento muy limitado del equilibrio
que provee la gracia.� Otros ven
la gracia como un permiso para hacer lo que les plazca porque, despu�s
de todo, �no est�n bajo la ley sino bajo la gracia�.�
Piensan que la gracia cubre sus malas acciones y les da libertad
para que sigan viviendo como antes de haberla recibido.� Ninguno de estos extremos es bueno.
En
Tito 2:11-14, vemos que la gracia y la verdad van unidas.�
Pablo habla sobre la verdad que la gracia nos revela una vez que
la hemos recibido:� �Porque
la gracia de Dios se ha manifestado para salvaci�n a todos los hombres,
ense��ndonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos
en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada
y la manifestaci�n gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
quien se dio a s� mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad
y purificar para s� un pueblo propio, celoso de buenas obras�.
Observemos
los tres usos de la palabra gracia en estos vers�culos.�
Primeramente se nos habla de poner la salvaci�n a disposici�n de
todos, despu�s se nos muestra c�mo debemos de vivir en nuestro tiempo
actual y, finalmente, se nos da una visi�n del prop�sito de la muerte
del Se�or y su efecto en aquellos que le responden.
Aunque
esa maravillosa gracia de Dios que obra redenci�n en nosotros va m�s all�
de nuestros pobres esfuerzos por expresarla, no debemos concentrar en
ello nuestra atenci�n.� M�s bien debemos empaparnos de la ayuda divina
que Dios nos est� brindando ahora; de esa gracia que nos permite rechazar
la impiedad y los deseos mundanos aunque no hayamos recibido la liberaci�n
total, la cual �todav�a est� por venir!
La gracia en nuestro
pasado
Para examinar la obra justificadora
de la gracia, nos referiremos a unos vers�culos de la Biblia que son muy
conocidos.� El primero est� en
�fesos 2:4-9:� �Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos
am�, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente
con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con �l nos resucit�,
y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jes�s,
para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia
en su bondad para con nosotros en Cristo Jes�s.�
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se glor�e�.
Estos
versos ponen de manifiesto que, aunque nosotros no podemos cambiar nuestra
condici�n innata de pecadores, Dios, por su amor hacia la humanidad, ha
extendido su gracia y nos ha dado la oportunidad de ser rescatados de
nuestra muerte espiritual.� Esto no se debe a que nosotros la hayamos merecido
o que podamos alcanzarla por nuestros propios esfuerzos:� es simplemente un acto de su misericordia �un
don de su amor redentor--.
Cuando
ese don precioso toca nuestro coraz�n, cobra vida en nosotros otro don
de Dios:� la medida de fe repartida a todos (Romanos 12:3).� En ese instante, el don de gracia despierta
la fe en nosotros y nos permite creer en la palabra del Se�or.� Gracias al don de fe que est� DENTRO
de nosotros podemos responder al don de gracia que es revelado A
nosotros.� El resultado es: �que fuimos librados del juicio de la naturaleza
de pecado que heredamos de Ad�n.
Cuando todo este proceso haya tomado
lugar, tal vez pensemos que hemos cambiado totalmente y que nuestra naturaleza
pecadora ya no existe.� Pero tal
no es el caso �solamente nuestra relaci�n con Dios es la que cambia--.� Nuestro esp�ritu, el cual hab�a estado muerto
hacia �l debido a nuestra naturaleza pecadora, ha sido revivido y capacitado
para responder a Dios.� Ha sido
colocado en lugares celestiales en Cristo para que ahora se pueda dirigir
a Dios de la manera que �l lo hab�a planeado para nosotros.
Mientras
no hayamos pasado de la mortalidad a la inmortalidad, nosotros seguiremos
teniendo una naturaleza pecadora.� Sin
embargo, la maravillosa provisi�n de gracia de Dios nos permite rechazar
la impiedad y los deseos mundanos y nos ayuda a vivir una vida sobria,
recta y llena de piedad en el mundo actual, sin servir a la naturaleza
pecadora.� Nuestro lugar y aceptaci�n en Dios se basan s�lo en lo que �l declara
que es nuestro lugar en Cristo:� no
tienen nada que ver con nuestras propias obras �lo cual es as� para que
nadie se glor�e--.
La
segunda referencia que vamos a examinar, con respecto a la primera gracia
que recibimos de Dios, la encontramos en Romanos 3:23-24.�
Este texto �bastante conocido� dice:�
�Por cuanto todos pecaron, y est�n destituidos
de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia,
mediante la redenci�n que es en Cristo Jes�s, a quien Dios puso como�
propiciaci�n por medio de la fe en su sangre, para manifestar su
justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados
pasados�.
�Qu�
provisi�n tan maravillosa para todos aquellos que recibieron la expiaci�n
en Jesucristo!� A pesar de que nosotros heredamos la naturaleza pecadora de Ad�n
y estamos bajo su castigo, Dios est� dispuesto a �tolerar� y a perdonar
nuestro pecado cuando aceptamos su propiciaci�n.�
Aunque todav�a
tenemos una naturaleza pecadora, Dios sabe que
el tener fe en su provisi�n nos permitir� vivir libres del poder que esa
naturaleza tiene sobre nosotros.� Por
consiguiente, �l est� dispuesto a declararnos justos y a ver aquello que
no hemos experimentado todav�a como si ya lo hubi�semos experimentado.� Aunque nuestra naturaleza sea todav�a la misma, nuestra relaci�n
con Dios habr� cambiado enormemente.
Justificados por la
gracia
La justificaci�n por la gracia significa
que hemos sido perdonados por nuestras obras pasadas y declarados libres
de la culpa y responsabilidad que esas obras acarrean.� Dios nos declara justos y sin pecado, no para corroborar nuestra
propia naturaleza de justicia, sino para validar la justicia de Jes�s,
quien, al sacrificarse por nosotros, viene a ser nuestra expiaci�n.� La justificaci�n no implica un cambio en nuestra
naturaleza, sino en nuestra relaci�n con Dios.
Es importante que entendamos esta
diferencia.� Nuestra primera relaci�n
con Dios no se establece gracias a un valor inherente en nosotros, sino
que se basa meramente en el acuerdo mutuo, entre Dios y nosotros, de que
la expiaci�n de Jes�s es suficiente para perdonarnos por el pecado del
delito de Ad�n.
Aunque
podr�amos pensar que nuestras
propias obras son suficientes para ser salvos, Dios nunca ha estado de
acuerdo con nuestro criterio de justicia.�
Se necesita un acuerdo mutuo por parte de todos los interesados
para que un contrato sea v�lido, y la �nica expiaci�n aceptable para Dios
es la que se origin� en �l mismo.� Esto
se debe a que �l es el �nico sustituto que ejercita la igualdad y la justicia.
La
propiciaci�n que Dios eligi� para nosotros tiene validez solamente cuando
aceptamos las condiciones de su pacto y estamos de acuerdo con ellas.�
Por consiguiente, una vez que Dios nos declara ser justos, recibimos
el don de justicia provisto en ese pacto.
El
cap�tulo cuatro de Romanos habla sobre la justicia que se atribuy� a Abraham
por haber cre�do en la palabra del Se�or.�
Al final del cap�tulo dice que estas palabras no fueron escritas
s�lo para �l:� �...sino tambi�n con
respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos
en el que levant� de los muertos a Jes�s, Se�or nuestro, el cual fue entregado
por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificaci�n�
(vers�culos 24-25).
Tal vez podamos f�cilmente entender
que Jes�s fue ofrecido por nuestros pecados, pero, �podremos tambi�n
entender que �l fue resucitado para
nuestra justificaci�n?
Expliquemos
esto brevemente.� Jes�s, quien no conoci� pecado, fue hecho pecado
por nosotros, es decir, nos reemplaz�.� Y como reemplazante ofreci� su propia vida
para reconciliarnos con Dios.
Nuestra
reconciliaci�n fue tan completa que sucedi� algo que ning�n otro sacrificio
hab�a jam�s manifestado:� �la muerte no pudo retenerlo!� Dios estuvo tan complacido y satisfecho con
la perfecta y completa reconciliaci�n provista por Jes�s, que �lo resucit�
de los muertos!
El
hecho de que Jes�s haya resucitado es como la propia firma de Dios en
ese sacrificio sin mancha.� Si nuestra justificaci�n no hubiese sido completa,
Jes�s no hubiese sido resucitado de entre los muertos.� Mas, Dios, al resucitarlo, nos declara que
cualquiera que acepte las condiciones de la expiaci�n ser� justo.� Y habi�ndonos dado la provisi�n perfecta, la
cual nos ha de hacer justos, ya no necesita proveer de ning�n otro sacrificio
por nuestro pecado.
La gracia en el presente
En Romanos 5:17, dice lo siguiente:� �Pues
si por la transgresi�n de uno solo rein� la muerte, mucho m�s reinar�n
en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la
gracia y del don de la justicia�.
La
gracia no s�lo nos libra de los pecados
que cometimos en el pasado, sino que por medio de ella podemos tambi�n
reinar sobre nuestra naturaleza de pecado.�
Si despu�s de haber recibido el don de la gracia, no logramos reinar
sobre el pecado, es porque lo hemos recibido en vano:� es vivir en violaci�n del pacto que hicimos con Dios para obtener
su justicia.
En
Romanos 5:1-2, dice as�:� �Justificados,
pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Se�or
Jesucristo; por quien tambi�n tenemos entrada por la fe a esta gracia
en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria
de Dios�.
Dios
�que es un Dios de pacto� nos confirma que estamos en recta (justa) relaci�n
con �l.� La prueba de esto es la paz que tenemos en
�l.
Tener
paz en el Se�or nos introduce a otra porci�n de gracia por medio de la
cual podemos vivir en el poder de la vida de Cristo y vencer el pecado.�
Esta es una obra adicional de gracia que nos lleva m�s all� de
la justificaci�n que la primera porci�n de gracia nos brind�.
Una
vez que hemos sido declarados justos, esa otra porci�n de gracia que Dios
provee nos da la anhelada esperanza de disfrutar la gloria de Dios.�
Cuando est�bamos en pecado nos encontr�bamos lejos de esa gloria
(Romanos 3:23), pero ahora que el poder de la vida
de Cristo est� a nuestra disposici�n, hemos sido introducidos a una dimensi�n
de vida completamente nueva.� A una vida en la cual, viviendo libres de pecado,
podemos glorificar a Dios.
Si creemos que podemos seguir viviendo
en pecado aun despu�s de haber recibido la gracia misericordiosa de Dios,
seremos como aquellos que convierten:�
�...en libertinaje la gracia de nuestro Dios,
y niegan a Dios el �nico soberano, y a nuestro Se�or Jesucristo� (Judas 4), lo cual
ser�a como si la gracia de Dios no tuviese validez y violar�a nuestro
pacto de expiaci�n en Cristo.
La
gracia no disculpa el pecado.� La gracia es la Ayuda Divina que nos libra
del pecado.� Al principio la gracia
vino a ser una liberaci�n de la deuda de pecado que heredamos de Ad�n.� Pero, ahora que hemos sido absueltos de todo
pecado, la gracia puede librarnos de la capacidad que tenemos
todav�a de cometer pecado �el cual no nos permite recibir la gloria de
Dios--.
Habiendo declarado que la gracia reinase
por la justicia para vida eterna (Romanos 5:21),
el ap�stol Pablo pregunt�:� ��Qu�, pues, diremos?� �Perseveraremos
en el pecado para que la gracia abunde?�� Su respuesta fue un �no! rotundo (Romanos
6:12).
Gracia y obediencia
Las Escrituras muestran claramente
que una vez que recibimos la gracia de Dios no debemos permitir que el
pecado tenga dominio sobre nosotros.�
A trav�s de la gracia tenemos la libertad de escoger a qui�n vamos
a servir �al pecado o a la justicia--.�
En ambos casos, necesitamos voluntariamente hacer nuestra elecci�n:�
por un lado, podemos ceder a la injusticia y terminar en muerte;� por otro, podemos obedecer su palabra y llegar
a ser justos.
��No
sab�is que si os somet�is a alguien como esclavos para obedecerle, sois
esclavos de aquel a quien obedec�is, sea del pecado para muerte, o sea
de la obediencia para justicia?�.�
(Romanos 6:16)
La justicia atribuida, es decir, la
justicia que recibimos al ser vivificados y librados de nuestros pecados,
es la que adquirimos al aceptar la expiaci�n de Cristo.� Pero esta no es la misma justicia que obtenemos por nuestra obediencia.
La
justicia, a la cual nos referimos aqu�, es la naturaleza de justicia que
adquirimos como resultado de nuestra obediencia a la palabra del Se�or.�
Es la consecuencia de permitir que la gracia, �en
la cual nos encontramos ahora�, termine su obra de transformaci�n.
Es
necesario que entendamos la diferencia entre el don de justicia que recibimos
de Dios al momento de nuestra conversi�n y la naturaleza de justicia que
�l espera que nosotros poseamos cuando demos cuenta de nuestra vida.�
El don de justicia lo recibimos por medio de la fe; la naturaleza
de justicia, a trav�s de la obediencia.
La
gracia de Dios nos ayuda a obtener esas dos medidas de justicia.�
Cuando vinimos al Se�or por primera vez, su gracia nos perdon�
por los pecados que cometimos en el pasado y nos declar� justos.�
Ahora, sin embargo, disponemos de una gracia adicional que nos
ayuda a vivir libres del pecado y produce en nosotros una naturaleza de justicia.� Si su gracia no nos ayudase en esos dos aspectos, todav�a estuvi�semos
muertos en culpa y pecado sin la esperanza de jam�s llegar a conocer la
gloria de Dios.
Hebreos
5:8-9 vierte m�s luz sobre esta importante verdad:�
�Y aunque era hijo, por lo que padeci� aprendi� la obediencia; y habiendo
sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvaci�n para todos los
que le obedecen�.
Obviamente,
este texto se refiere a Jes�s, quien no estuvo exento de una obediencia
completa por el� simple hecho de ser Hijo.� Jes�s perfeccion� de tal manera la obediencia
en cada situaci�n de su vida, que vino a ser el modelo de obediencia para
todos aquellos que hab�an de seguir sus pasos.
La
salvaci�n eterna que se menciona aqu� significa redenci�n desde el punto
de vista de Dios.� No es el mismo grado de salvaci�n que recibimos cuando �l nos declar�
justos �esa liberaci�n la recibimos por medio de nuestra fe--.
La
justificaci�n que recibimos de Dios al principio nos exoner� del castigo
que acarrea la naturaleza pecadora con la cual nacimos.�
M�s ahora que hemos nacido espiritualmente, podemos obtener la
salvaci�n eterna si por medio de nuestra obediencia se produce en nosotros
una naturaleza justa.
Esto
no significa que la salvaci�n eterna es el producto de�
nuestras propias obras --�no, no lo es!--.� Pero tampoco
es el resultado de alguna forma de gracia err�neamente interpretada, la
cual sostiene que Dios lo hizo todo por nosotros.
Una salvaci�n completa es la totalidad
de la gracia de Dios obrando con poder en nosotros.� Una vez que la gracia nos haya librado del poder de la naturaleza
de pecado con que nacimos, nos dar� la capacidad de obedecer a la palabra
transformadora del Se�or.� Una
obediencia de coraz�n A SU PALABRA produce en nosotros la naturaleza de
justicia DE LA PALABRA DE DIOS.
Dicho
de otra manera:� el primer don de gracia nos libr� de lo que
�ramos en Ad�n, pero la gracia que ahora recibimos nos permite lograr
nuestra salvaci�n para que podamos convertirnos en lo que fuimos llamados
a ser en Cristo --�los hijos de Dios!-- (Filipenses 2:12;
Romanos 6:17).
El
autor est� siendo repetitivo a prop�sito porque es esencial que entendamos
la verdad acerca de la gracia.� Aunque quiz�s hayamos cre�do la falsedad de
que despu�s de haber nacido de nuevo podremos vivir como lo deseemos,
las Escrituras nos dicen:� �En esto se manifiestan los hijos de Dios,
y los hijos del diablo:� todo aquel
que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios� (1 Juan 3:10).
El
creer que el don de gracia gratuito es responsable por s� solo de nuestra
redenci�n eterna, sin ning�n esfuerzo de nuestra parte, es como si releg�semos
a Dios a ser un Santa Claus que al final ha de salvar a toda la humanidad.�
Si esto fuese as�, nosotros no tendr�amos que obedecerle y �l ser�a
un Dios que hace acepci�n de personas, violando todav�a m�s su naturaleza
de justicia.
La gracia en obra
Consideremos el intercambio parad�jico
revelado en 2 Corintios 5:21: �Al
que no conoci� pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros
fu�semos hechos justicia de Dios en �l�.
�Imag�nense ustedes! �Jes�s, quien no conoci� pecado, fue hecho pecado por nosotros, para
que nosotros, que no conoc�amos m�s que pecado, fu�semos hechos justicia
de Dios en �l.
El
texto no dice que tuvi�semos la justicia de Dios en Cristo, sino que �FU�SEMOS
HECHOS! la justicia de Dios en Cristo.
La
justicia de Dios que recibimos al momento de nuestra regeneraci�n viene
a ser la justicia de Cristo, la cual no nos perteneci� en ese entonces,
no nos pertenece ahora, ni nunca nos pertenecer�.�
Esta es la justicia (rectitud en Dios) que Cristo mantuvo a trav�s
de su obediente caminar como el Hijo del Hombre en la tierra.�
Dios nos declar� justos en �l (es decir que nos adjudic� su justicia)
cuando aceptamos la �rectitud� de la expiaci�n de Cristo.
Esa
adjudicaci�n es un don que recibimos a trav�s de la gracia de Dios.�
Sin embargo, una vez que hemos aceptado ese don inexpresable y
Dios ve que somos justos en Cristo, tenemos que seguir hacia adelante
en obediencia de fe hasta que esa misma naturaleza de justicia se manifieste
en nosotros.� Esto s�lo es posible gracias a la cubierta
de gracia que en el presente tenemos en Cristo.� Como dice en Romanos 5:1-2: �Justificados,
pues, por la fe... tenemos entrada por la fe a esta gracia�.
En
2 Corintios 6:1, que es un reflejo del texto anterior, dice lo siguiente:
�As�, pues, nosotros, como colaboradores
suyos, os exhortamos tambi�n a que no recib�is en vano la gracia de Dios�.�
�En vano� aqu� significa no permitir que algo se cumpla
con el prop�sito para lo cual fue dado.
El
don de gracia que Dios nos ofrece al principio no lo podemos recibir �en
vano�.� Si as� fuese significar�a
que aquellos que viniesen al Se�or implorando por su misericordia y perd�n
encontrar�an que su gracia es incapaz de perdonarlos y de declararlos
justos.� Esto no es posible por
dos razones:� primero, que el Se�or
no hace acepci�n de personas (1 Pedro 1:17); segundo,
que �l ya nos declar� que la expiaci�n de Cristo es perfecta y completa
para todos los hombres.
El �nico aspecto de la gracia que
podr�amos recibir en vano ser�a la cubierta de gracia bajo la cual estamos
ahora �esa Ayuda Divina que nos permite proseguir hasta alcanzar nuestra
justicia propia� y nuestra subsecuente
salvaci�n eterna y completa--.� Nosotros
mismos impedimos que la gracia tenga efecto al pensar que el haber sido
declarados justos nos disculpar� de todo pecado o que, porque estamos
bajo la cubierta de la gracia, Dios no nos har� responsables de nuestros
actos.� Cualquiera de estos dos puntos de vista nos
har� detener con injusticia la verdad (Romanos 1:18)
de manera que no pueda �sta completar eficazmente la obra de nuestra salvaci�n.
Por tanto no nos extra�a que Pablo
les haya implorado a los Corintios �y a nosotros-- que no recibiesen la
gracia de Dios en vano.� �l sab�a
que ese misterio glorioso que por generaciones hab�a estado oculto, ahora,
por la gracia de Dios, hab�a sido revelado a los santos.�
Ese misterio, ��que es Cristo
en vosotros, la esperanza de gloria...� (Colosenses
1:27), es el poder que tiene la gracia de mantenernos alejados
del pecado, as� como de darnos la esperanza de participar de su herencia
gloriosa.
Tomando en cuenta los principios anteriores, he aqu� una definici�n m�s
completa de la gracia:� La� gracia
es el esp�ritu que desciende de la Divinidad para llevarnos al arrepentimiento
y de all� a la vida eterna.
La gracia que nos acompa�a
El cap�tulo 33 de �xodo nos muestra
una conversaci�n entre Mois�s y Dios, en la cual se revela la obra progresiva
de gracia seg�n se expone en el Antiguo Testamento.� Mientras Mois�s estaba en el monte recibiendo la ley y las instrucciones
para el Tabern�culo, el pueblo de Israel se hab�a vuelto a la idolatr�a.�
Se encendi� entonces la ira de Dios en contra de ellos e inmediatamente
les envi� su severo juicio.
Mois�s
se hab�a dirigido a Dios para recordarle que llevar a este pueblo a la
Tierra Prometida hab�a sido �idea suya!�
Mois�s se dirigi� al Se�or de esta manera:�
�Ahora, pues, s� he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres
ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira
que esta gente es pueblo tuyo� (vers�culo
13).
Tratemos de parafrasear las palabras
de Mois�s:� �Se�or, si verdaderamente
he encontrado gracia en tus ojos, mu�strame tu obra; perm�teme conocerte
para poder tener un entendimiento puro de tu gracia�.
Aunque
Mois�s ya hab�a visto la gracia de Dios manifestarse en su propia vida,
�l quer�a tener un conocimiento m�s profundo de Dios para as� poder encontrar
una porci�n m�s grande de su gracia.
En
el vers�culo 16, Mois�s responde a la promesa alentadora de Dios de que
Su Presencia ir� con �l:� ��Y en
qu� se� conocer� aqu� que he hallado
gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que t� andes con nosotros,
y que yo y tu� pueblo seamos apartados
de todos los pueblos que est�n sobre la faz de la tierra?�
Este
verso es la clave para entender el privilegio que actualmente tenemos
de estar bajo la gracia de Dios:� �Su Presencia est� con nosotros!� Y esta Presencia de Dios que est� nosotros
nos separa (distingue) del imp�o y nos ayuda a vivir una vida muy diferente
a la de �l.� Cuanto m�s profundos
sean nuestro entendimiento y nuestra conciencia de Su Presencia, m�s profundos
ser�n nuestro conocimiento y nuestra apreciaci�n de su gracia.
Es
la gracia de Dios la que nos hace reconocer Su Presencia en nosotros.�
Sin la ayuda de su gracia ser�amos como cualquier otra persona
sobre la faz de la tierra, capaces de cometer los actos m�s viles que
un hombre degenerado puede cometer.� No
es nuestra propia habilidad ni el haber cambiado de naturaleza lo que
nos mantiene alejados del pecado, sino la gracia de Dios, �en
la cual permanecemos�.
Debemos
examinarnos a nosotros mismos en luz de esta verdad.�
Si no logramos triunfar sobre ese pecado que siempre nos acosa
y sobre las calamidades de la vida, vamos a tener que verificar si realmente
estamos aprovechando la gracia de Dios.�
Si no reconocemos que la gracia de Dios nos acompa�a, entonces
Su Presencia tampoco nos acompa�ar� y habremos recibido su gracia justificadora
en vano.
Gracia y fe
Tan maravillosa como es la gracia
que hemos recibido hasta ahora, hay otra medida de gracia que a�n est� por venir.� Y cuando esta gracia que est� por venir se
cumpla en su totalidad, la gracia hasta ahora recibida nos parecer� en
comparaci�n poca cosa.
En
1 Pedro 1:3-13, se nos habla de esta gracia que todav�a est� por venir:
�Bendito el dios y Padre de nuestro
Se�or Jesucristo, que seg�n su grande misericordia nos hizo renacer para
una esperanza viva, por la resurrecci�n de Jesucristo de los muertos,
para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada
en los cielos para vosotros que sois guardados por el poder de Dios mediante
la fe, para alcanzar la salvaci�n que est� preparada para ser manifestada
en el tiempo postrero� (vers�culos
3-5).
La
esperanza viva para la cual Dios nos hizo renacer fue hecha posible por
medio de la resurrecci�n de Jesucristo.� Ya antes del sacrificio de Jes�s muchos sacrificios
se hab�an ofrecido por el pecado, pero Jes�s fue el primero a quien �la
muerte no lo pudo retener!� Algunos
de los sacrificios anteriores a Cristo pudieron proveer el perd�n de los
pecados, mas �solamente el sacrificio perfecto de Jes�s pudo quitar el
pecado!
Ahora que el pecado puede ser quitado
de nosotros, estamos en condici�n de recibir una herencia
celestial incorruptible la cual no
puede se contaminada.� Esta herencia
est� reservada para �nosotros que
somos guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la
salvaci�n...�, y no ser�revelada sino hasta �el tiempo postrero�.
Esta
esperanza viva es de gran gozo para nosotros, aunque, mientras esperamos
que sea revelada totalmente, seamos acosados por muchas tentaciones.�
La raz�n por la cual somos afligidos por diversas tentaciones es:
��Para
que sometida a prueba vuestra fe, mucho m�s preciosa que el oro, el cual
aunque perecedero se prueba por fuego, sea hallada en alabanza, gloria
y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien am�is sin haberle visto,
en quien creyendo, aunque ahora no lo ve�is, os alegr�is con gozo inefable
y glorioso� (vers�culos 7-8).
Es un consuelo saber que cada prueba
por la cual pasamos tiene como fin validar nuestra fe en la provisi�n
de Dios.� Esta sucesi�n de pruebas continuar� hasta que
nuestra fe sea preciosa ante sus ojos y culminar� con la venida de Jesucristo.
Examinemos
la palabra �manifestado� en este texto.� Es el vocablo griego APOKALKALUPSIS que quiere
decir �quitar el velo; descubrir; revelar; o aparecer�.� Quiz�s lo primero que venga a nuestra mente
ser� que �manifestado� se refiere a la �Segunda Venida�.� Y aunque puede aplicarse en este sentido, hay
otro detalle aqu� que tambi�n tiene importancia.
Actualmente
nos encontramos tanto bajo la cubierta de Cristo como bajo la gracia de
Dios; nuestra vida est� escondida con Cristo en Dios (Colosenses
3:3).� Pero al postrer tiempo
el Se�or levantar� su cubierta de sobre nosotros para examinar lo que ha estado sucediendo en nosotros durante el tiempo que hemos
estado bajo la gracia.
La forma en que Dios trata con nosotros
se puede comparar a la manera en que preparamos la comida.� De vez en cuando, al estarse cociendo la comida,
levantamos la tapadera de la olla para ver c�mo va progresando el cocimiento.�
Si es necesario, meneamos la comida un poco para asegurarnos de que se est� cociendo de acuerdo al modelo de
excelencia que nos hemos propuesto a alcanzar.
Eso es exactamente lo que Dios hace
con nosotros.� De vez en cuando
agita las cosas para asegurarse de que todo
lo que �l quiere que sea tratado en nosotros, reciba la atenci�n que ne-cesita.�
Y, as�, en el tiempo se�alado, �l levantar� la cubierta y examinar�
nuestro progreso en el Esp�ritu.
Dios sabr� que el proceso ha terminado
al ver la vida de Cristo en nosotros (1 Juan 3:2).� Cuando se haya cumplido esa transformaci�n
y seamos semejantes a �l, Jesucristo ser� manifestado y habremos recibido
el fin (prop�sito) de nuestra fe, que es la salvaci�n de nuestras almas
(1 Pedro 1:9).
La gracia todav�a por
venir
A continuaci�n,
Pedro nos dice que los profetas hab�an visto
nuestra salvaci�n:� �...de la
gracia destinada a vosotros...�� Aunque
ellos no la entendieron, se dieron cuenta de que lo que hab�an visto no
era para ellos, sino que hab�a de manifestarse en otro tiempo
(1 Pedro 1:10-12).� La gracia
que ellos vieron es la gracia de Jesucristo en esta era del Nuevo Testamento
(Juan 1:17).
Reflexionando sobre esa maravillosa
gracia que hemos recibido, Pedro continu� con una desafiante aseveraci�n:
�Por tanto, ce�id los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad
por completo en la gracia que se os traer� cuando Jesucristo sea manifestado�
(1 Pedro
1:13).
Debe estar muy claro que la gracia
de la cual se habla aqu� no es la� misma
que recibimos por justificaci�n:� Pedro
dirigi� esta ep�stola a lectores que ya hab�an recibido este favor.� Tampoco se refiere a la gracia que actualmente
es nuestra cubierta.� El que Pedro
nos aconseje que esperemos esta gracia nos indica que todav�a hay una
medida de gracia por venir.
Pedro dice que esperemos perfectamente en la gracia que ha de venir
cuando Jesucristo sea manifestado.� Si esto ha de ser as�, �por qu�, entonces, nos aferramos a esperar
totalmente en la gracia que recibimos en el principio?
Esto
no significa que menospreciemos la maravillosa obra de gracia que recibimos
en nuestra regeneraci�n, pues sin ella no tendr�amos esperanza.�
Pero, si solamente enfocamos en la gracia que ya tenemos creyendo
que esta es toda la gracia que existe, podemos caer en la holganza y permitir
que la gracia sea una disculpa por nuestros pecados, en vez de verla como
una provisi�n redentora.
Los
siguientes vers�culos nos dicen c�mo debemos conducirnos mientras esperamos
esa gracia que est� por venir:� �...ce�id
los lomos de vuestro entendimiento..., como hijos obedientes, no os conform�is
a los deseos que antes ten�ais estando en vuestra ignorancia; sino, como
aqu�l que os llam� es santo, sed tambi�n vosotros santos en toda vuestra
manera de vivir; porque escrito est�:�
Sed santos, porque yo soy santo� (1
Pedro 1:13-16).
Si por el hecho de haber sido perdonados
por nuestros pecados pasados nos volvi�semos autom�ticamente santos, �por
qu�, entonces, somos exhortados a �ser
santos�?� Si su primera porci�n de gracia lo cubre todo,
�por qu� somos exhortados a no conformarnos a los deseos que antes ten�amos?
S�lo
puede haber una respuesta:� que vivamos en santidad.� La santidad se alcanza cuando aprovechamos
la gracia recibida, la cual nos ayuda a rechazar el pecado y a esperar
la gracia que nos librar� totalmente el d�a de su venida. �Y todo aquel que tiene esta esperanza en �l, se purifica a s� mismo,
as� como �l es puro� (1
Juan 3:3).
Gracia y salvaci�n
A continuaci�n se har� un resumen
de las tres medidas de gracia y salvaci�n, as� como de la relaci�n que
existe entre ellas.� Cada paso
en nuestra salvaci�n es el resultado de una medida de gracia correspondiente:� la gracia que recibimos al principio, nos declar�
justos; la gracia de la cual gozamos actualmente, nos libra del poder
de la naturaleza pecadora; y la gracia que est� todav�a por revelarse,
nos transformar� a su imagen gloriosa.
La primera medida de gracia que recibimos
dio vida a nuestro esp�ritu y fue una demostraci�n del amor de Dios hacia
nosotros (Efesios 2: 4-5); la medida de gracia
que ahora poseemos puede salvar nuestra alma y pone a prueba nuestro amor
y obediencia hacia el Se�or (1 Juan 5:3); la gracia
que a�n est� por venir nos conducir� a nuestra adopci�n total, es decir,
a la redenci�n de nuestro cuerpo por medio de la resurrecci�n (Romanos
8:23), la cual es una demostraci�n del amor de Dios hacia nosotros
(Juan 5:29).
Las tres medidas de salvaci�n pueden
compararse a las fiestas que se celebran en el a�o hebreo: la
fiesta de Pascua nos libr� del pecado; la de Pentecost�s, nos permite
vivir bajo el� poder del Esp�ritu
y libres del pecado actual; la de Tabern�culos, nos librar� totalmente
de nuestra esclavitud a la naturaleza de pecado.
Ninguno de nosotros se merece la gracia
de Dios ��sta es un don gratuito--.� Pero,
si hemos de recibir el beneficio de su gracia, debemos primeramente cumplir
con los requisitos que nos ayudar�n a recibirlo.
Algunos
piensan que la gracia es totalmente gratuita; que no necesitamos hacer
nada para recibirla.� Pero, si eso fuese cierto, toda la humanidad
tendr�a una relaci�n recta con Dios:�
Si la gracia ha de beneficiar gratuitamente a algunos, debe tambi�n
beneficiar gratuitamente a todos los dem�s.
Para
poder recibir la primera medida de gracia de Dios necesitamos primeramente
reconocer que le necesitamos y, en arrepentimiento y humildad, hacer a
un lado nuestra propia suficiencia (1 Pedro 5:5).� Para aprovechar la justicia atribuida que recibimos
en Cristo, tenemos que deshacernos de cualquier �justicia� que creamos
poseer; tenemos que procurar obtener, a trav�s de su gracia, nuestra salvaci�n
(Filipenses 2:12) hasta que �sta se haga realidad.
Finalmente,
cuando hayamos vencido al pecado a trav�s de la obra de su gracia en el
presente, es decir, cuando la mortalidad se vista de inmortalidad �la
obra �ltima de redenci�n por su gracia (Apocalipsis 21:7)--,
recibiremos toda nuestra herencia.� Sin embargo, aunque hayamos cumplido con todo
los que Dios exija de nosotros, debemos mantener la actitud de alguien
que sabe que no es digno de su gracia y de que�
lo que deb�amos hacer, hicimos� (Lucas
17:10).
Gracia
victoriosa
En Hebreos 2:9, dice que Jes�s �por la gracia de Dios� gust� la muerte por todos.� Y aunque esta muerte se refiere principalmente
a su muerte redentora en el Calvario, no se limita a ese acontecimiento.�
Se refiere tambi�n al rechazo
diario de sus deseos �la muerte de ser perfectamente obediente al Padre--.
(Al igual que nosotros, Jes�s tuvo
deseos que ten�a que rechazar continuamente.�
Las Escrituras nos dicen que �l �fue
tentado en todo seg�n nuestra semejanza� (Hebreos
4:15), pero sin ceder a la tentaci�n y cometer pecado.�
Recordemos que es imposible ser tentado por algo a lo cual no podemos
ceder.� Si Jes�s fue tentado, �l
pudo muy bien responder a tales tentaciones.)
La raz�n por la cual Jes�s se mantuvo
libre de pecado no fue que el se lo hubiese propuesto o que hubiese sacado
fuerza de un poder sobrenatural del cual nosotros no podemos disponer.� �l se mantuvo libre de pecado porque caminaba
bajo la cubierta de gracia y porque�...mediante
el Esp�ritu eterno se ofreci� a s� mismo sin mancha a Dios...� (Hebreos
9:14)
todos los d�as.
Esa misma provisi�n de gracia victoriosa
est� tambi�n al alcance de nosotros.�
Puesto que tenemos un Pont�fice que �se
compadeci� de nuestras flaquezas�, podemos llegar ��confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar
gracia para el oportuno socorro� (Hebreos 4:16).
Cada vez que somos tentados o que
nos enfrentamos a un dilema personal tenemos a nuestro alcance suficiente
gracia para vencer.� Podemos suplicar
a nuestro Pont�fice con la plena seguridad de que �l nos escuchar� y estar�
dispuesto a ayudarnos.
Cuando
escuchemos sus palabras de consuelo:�
�B�state mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad�, digamos
con toda confianza lo que dijo el ap�stol Pablo:� �Por tanto, de buena gana
me gloriar� m�s bien en mis debilidades, para que repose sobre m� el poder
de Cristo� (2 Corintios 12:9).
El hecho de que estemos sujetos a
tentaciones y que por ello muchas veces nos sintamos frustrados, se debe
a que Dios quiere que aprendamos que su gracia es suficiente para sostenernos
en cualquier aflicci�n (Romanos 8:20).�
Al nosotros vencer pruebas y tentaciones por el poder de su gracia
nos identificamos con los padecimientos de Cristo y glorificamos al Dios
de toda gracia (1 Pedro 4:1; Romanos 8:17).
Pero si no hacemos uso de la provisi�n
que hemos recibido por medio de la sangre del nuevo pacto y ��si pec�remos voluntariamente despu�s de haber
recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda m�s sacrificio por
los pecados, sino una horrenda expectaci�n de juicio, y de hervor de fuego
que ha de devorar a los adversarios� (Hebreos 10:26-27).
�sta es una advertencia muy seria
�y recordemos que no es dada al imp�o, sino a los hermanos que han recibido
el conocimiento de la verdad--.
Al
reflexionar sobre el juicio de los que quebrantaron la ley de Mois�s y
contrastarlos con la provisi�n de Dios bajo la gracia, el libro de Hebreos
hace una pregunta tan profundamente aguda, que deja la respuesta a nuestra
meditaci�n:� ��Cu�nto mayor castigo pens�is que merecer�
el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del
pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Esp�ritu de gracia?�
(Vers�culo 29).
�Qu� significa hacer afrenta al Esp�ritu
de gracia?� Significa no permitirle
que nos libre de toda forma de servidumbre al pecado.� Cuando al ser tentados no hacemos uso de su provisi�n para poder
vencer, es como si le volte�semos la cara a Dios y le dij�semos:� �Gracias, pero no la necesito; yo conf�o en
la gracia� justificadora que recib�
del Se�or para que me ayude.� Dios
ya lo hizo todo por m�; �l conoce mis debilidades y las perdonar�.
El
ap�stol Pablo dijo:� �No desecho
la gracia de Dios� (G�latas 2:21).�
�l sab�a que necesitaba continuamente
extenderse a lo que estaba delante en el Esp�ritu ��a
fin de conocerle, y el poder de su resurrecci�n, y la participaci�n de
sus padecimientos, llegando a ser semejante a �l en su muerte� (Filipenses
3:10).
Pablo no quiso decir que �l estar�a
obligado a llevar la cruz al Monte del G�lgota como lo hizo Jes�s.� �l sab�a que necesitaba proseguir en el Esp�ritu
para llegar al mismo nivel de obediencia victoriosa que Jes�s mostr� cuando:�
�por la gracia de Dios�, gust� la muerte por todos.
Y porque Pablo era firme en su entrega, tambi�n pod�a
decir:� ��por la gracia de Dios soy lo que soy:� y su gracia no ha sido en vano para conmigo,
antes he trabajado m�s que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de
Dios conmigo� (1 Corintios 15:10).
Ministros de gracia
As� como nosotros aprendemos a utilizar
la gracia de Dios para obtener fuerza vencedora, tambi�n tenemos la responsabilidad
de compartir ese conocimiento con el resto de los hermanos en Cristo.�
En Hebreos 12:12, Pablo dice:�
�...levantad las manos ca�das, y las rodillas paralizadas�, para luego
a�adir: �Mirad bien, no sea que
alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna ra�z de
amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados� (Hebreos
12:15).
Mientras estamos bajo la gracia de
Dios, no podemos dar acogida a la amargura.�
Sin embargo, cuando perdemos la certeza de que su gracia nos puede
ayudar en cualquier situaci�n, perdemos tambi�n la esperanza de que mejore
esa situaci�n.� Y cuando perdemos
esa esperanza somos susceptibles a que broten ra�ces de amargura en nuestro
coraz�n, lo cual no solamente nos contamina a nosotros, sino a muchos
m�s.
Por
esta raz�n, tenemos la responsabilidad de vigilar por nuestros hermanos
en la fe.� Cuando vemos que alguien est� perdiendo la
visi�n de mantenerse victorioso en su vida, tenemos que recordarle
que la gracia de Dios es suficiente para ayudarlo en cualquier necesidad.� Debemos procurar que nadie pierda su oportunidad de ganar la batalla.
Pedro lo dijo de esta manera: ��Cada
uno seg�n el don que ha recibido, min�strelo a los otros, como buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios� (1
Pedro 4:10).
Y �c�mo es que vamos a ser ministros
y buenos dispensadores de gracia?� Escuchemos
las palabras de Jes�s:� �Amad
a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los
que os maldicen, y orad por los que os calumnian.�
Al que te hiera en una mejilla, pres�ntale tambi�n la otra; y al
que te quite la capa, ni aun la t�nica le niegues.�
A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no
pidas que te lo devuelva.� Y como quer�is que� hagan los hombres con vosotros, as� tambi�n haced vosotros con ellos�
(Lucas 6:27-31).
Aunque este es un verdadero reto por
parte del Maestro, en los vers�culos siguientes Jes�s va completamente
al grano:� �Porque
si am�is a los que os aman, �qu� m�rito ten�is?� Porque tambi�n
los pecadores aman a los que los aman.�
Y si hac�is bien a los que os hacen bien, �qu� m�rito ten�is?� Porque tambi�n los pecadores hacen lo mismo.�
Y si prest�is a aquellos de quienes esper�is recibir, �qu� m�rito
ten�is?� Porque tambien los pecadores
prestan a los pecadores, para recibir otro tanto� (vers�culos
32-34).
Administrar gracia de acuerdo al modelo
trazado por el Se�or en estos versos es ir m�s all� de lo que normalmente
podemos hacer y nos puede llevar al borde de la desesperaci�n.� Sin embargo, debemos recordar que, si fuera
posible para nosotros administrar gracia de nosotros mismos, �entonces
no necesitar�amos su ayuda!
La
gracia es la ayuda divina que nos permite hacer lo que de alguna otra
manera ser�amos incapaces de hacer.� �l nos am� cuando no �ramos dignos de ser amados;
nos da fortaleza cada vez que nos sentimos d�biles; y nos cambiar� cuando
no podamos cambiarnos a nosostros mismos.� Si hemos de ser �hijos del
Alt�simo� (vers�culo 35), debemos aprender
a vivir por la gracia y permitir que �la
divina influencia en nuestro coraz�n sea reflejada en nuestras vidas�.
Conclusi�n
Terminaremos
este estudio con un pasaje de Mateo 25:14-30, que se refiere a la par�bola
de los talentos.� Este texto es un ejemplo gr�fico de las tres
medidas de gracia que Dios provee para nosotros; como es una par�bola
muy conocida, simplemente la voy a parafrasear.
Un
hombre acaudalado llam� a sus siervos antes de salir a una larga jornada
y les reparti� bienes a cada uno conforme a sus habilidades.�
Le entreg� cinco talentos a uno, dos talentos a otro y un talento
a un tercero.� Y, sin m�s explicaci�n, emprendi� su jornada.
A su regreso, el se�or llam� a sus
siervos para que le dieran cuenta de c�mo hab�an administrado los talentos.�
El que hab�a recibido cinco talentos vino a su se�or y le dijo:
��Se�or, cinco talentos me
entregaste; aqu� tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos�.� Y �su
se�or le dijo: �Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre
mucho te pondr�:� entra en el gozo
de tu se�or��.
Despu�s vino el siervo que hab�a recibido
dos talentos, le dio cuenta a su se�or de cu�nto hab�a ganado y recibi�
tambi�n el pago correspondiente.
Entonces
vino el tercer siervo �cristiano t�pico
del siglo XX� con el talento que hab�a recibido de
su se�or.� Casi lo podemos o�r diciendo estas palabras:� �Se�or, aqu� est� el talento que me diste;
no lo perd� ni abuse de �l, pero tampoco lo us�.� T� eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste.� Dijiste que quer�as que yo fuese perfecto,
pero t� bien conoces mi figura:� no
soy m�s que polvo �soy humano--.� Es cierto que no te obedec� como me lo pediste
�no tienes idea de qu� dura es la vida�--.
Pero
esto no le hizo ninguna gracia a su se�or.�
Orden� que le quitasen el talento y se lo diesen al que ten�a diez
talentos.� Y adem�s orden� que ese siervo negligente e in�til fuese echado
a las tinieblas.
Casi�
podemos o�r sus pobres lloriqueos:�
��Se�or, �no profetizamos
en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos
muchos milagros?�� (Mateo
7:22).
Este
hombre hab�a recibido la primera medida de gracia ��l era siervo del se�or--.�
Tambi�n se le hab�a dado la segunda medida, s�lo que no la us�
para probar que era digno de administrar los bienes que se le hab�an confiado.� Y por causa de su negligencia no fue ascendido
de puesto cuando su se�or regres� de la jornada.
�La
gracia de Dios es verdaderamente asombrosa!� Nos justific� cuando est�bamos muertos en pecado;
nos permite caminar en obediencia perfecta ahora; y nos prepara para la
gloria que todav�a est� por venir.� Hagamos
uso completo de ella, no sea que tambi�n nosotros la hayamos recibido
en vano.
�La
gracia de nuestro Se�or Jesucristo sea con todos vosotros�.� (Apocalipsis
22:21)
Estudio escrito por
Eli Miller
Destiny Encounters
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Traducción: Sara Weedman
Revisión del texto: Sara Weedman
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